El Centro Latinoamericano de Estudios Coubertinianos presenta al público el único cuento de Pascua escrito por Pierre de Coubertin, publicado en la Revue Olympique, año 12, abril de 1912, pp. 56-58.
La obra, que hasta entonces solo estaba disponible en francés, rescata los valores de superación, solidaridad y amor por el deporte, transmitidos por Coubertin en un escenario donde la tradición y la modernidad se encuentran. La traducción, realizada con cuidado para mantener el mensaje original, se dirige a lectores y entusiastas del deporte que buscan descubrir más detalles sobre la obra de Coubertin. Esta traducción forma parte de un esfuerzo mayor del Centro Latinoamericano de Estudios Coubertinianos para difundir el legado de Coubertin e incentivar la práctica deportiva.
Una vocación
La vieja iglesia y el joven gimnasio se alzaban uno junto al otro en un contraste llamativo. Nunca había parecido ese contraste más interesante que aquella mañana. Jean lo comentaba, apoyado, por causa del ahogo, contra uno de los montantes de la barra fija, donde acababa de lograr con éxito varios movimientos en los que hasta entonces había fracasado. Sentía una especie de intensa alegría física. Y justo en ese momento, desde la torre gótica vecina cayeron en el gran silencio los potentes sonidos de las campanas. Era el Sábado Santo. La escuela estaba de vacaciones, y también la sociedad gimnástica. El gimnasio habría dormido de no ser por el celo de Jean, que, amigo del viejo conserje, había conseguido de él la llave para trabajar allí solo, a su modo, sin monitor ni camaradas. ¡Su sueño, precisamente! Y haberlo realizado por fin, tener para sí solo esa hermosa sala limpia y barnizada, inundada de luz y poblada de aparatos que simbolizaban la fuerza y la agilidad, que hablaban de salud, juventud y porvenir, le llenaba el alma de júbilo. Un tumulto primaveral se agitaba en él y el mundo entero se evocaba en tonos rosas y azules.
Por las grandes ventanas del gimnasio, modernas y abultadas, que horadaban abundantemente el ligero muro, aparecía la delicada complejidad de la iglesia, su ábside dentellado donde anidan los pájaros, las largas gárgolas musgosas, los sólidos arbotantes y los chapiteles labrados: todo ese mundo de las viejas catedrales en el que se expresó la piedad ardiente y un poco inquieta de los siglos anteriores. Jean, que acababa de dedicarse con vigor primaveral a las barras paralelas, admiró de nuevo aquella arquitectura incomparable. La belleza del edificio antiguo y el confort del edificio reciente lo cautivaron: amó su época.
Para tener mayor libertad de movimientos, aquella mañana llevaba el torso y las piernas desnudos. Un simple pantalón corto de franela, muy breve y tan ligero que apenas lo sentía sobre sí, formaba todo su atuendo. Ese pantalón corto había sido confeccionado según sus indicaciones de sibarita, de modo que se mantuviera a medio camino entre los que, demasiado ceñidos, llevan los gimnastas y los que, demasiado holgados, usan los corredores. Jean estaba encantado con todo aquel día; pero, de veras, no podía imaginarse una prenda deportiva más agradable y perfecta. Y de pronto acudió a su memoria la figura de la obrera que había cortado y cosido aquella obra maestra. Ella venía por jornadas a casa de la madre de Jean. Era una pobre muchacha anémica como todos los suyos: una familia numerosa a la que casi por igual le habían faltado una alimentación suficiente y el aire puro. Jean había entrevisto a veces a los hermanitos de la joven, niños encantadores sin taras hereditarias que, con poco, habrían podido hacerse fuertes y que seguirían siendo débiles....
Una gran compasión le invadió al pensar que esos muchachos y tantos otros con ellos estaban privados del deporte, privados de la gimnasia, privados de todas las alegrías musculares por las cuales el adolescente siente, por así decirlo, penetrar en sus miembros la fuerza bienhechora y desarrollarlos. Sin embargo, no había nada superfluo, nada lujoso, en la mayor parte de esos placeres. Incluso el remo podría ser un deporte popular. ¿Qué haría falta para ello? Un barco y un trozo de garaje. ¿Y para las carreras a pie, las pruebas de campo a través?... aún menos. ¿Y para el fútbol? Un campo de juego.
¿Las municipalidades que gastan tanto en «servicios públicos», cuya importancia a menudo es relativa, olvidan, pues, aquel, el más esencial de todos? Jean, que reflexionaba por primera vez sobre estas cosas, no daba crédito. Sintió tener alma de apóstol y el ardor de un Pedro el Ermitaño para predicar la nueva cruzada. En todas partes, los municipios estarían obligados por ley a mantener grandes praderas con el material de juego necesario y un maestro competente encargado de organizar los deportes, enseñarlos y vigilarlos. Se fabricarían por millares buenas camisetas de lana basta que se venderían al precio de costo. Se construirían gimnasios rudimentarios de madera blanca con techos de chapa ondulada.
¡Dios mío, cuántas cosas se harían con un poco de dinero y buena voluntad! Nadie había pensado en ello hasta entonces. — ¿Cómo? ¿Entre todos esos hombres, todos esos jóvenes que aman el deporte, que lo practican regularmente, nadie había tenido aún la idea de compartir esa receta de vida, esa fuente de sanas alegrías, con los desheredados? Pues bien, Jean se encargaría de eso. Está decidido. Desde mañana se pondrá en campaña; reunirá suscripciones, escribirá artículos en los periódicos. Y feliz por esas perspectivas humanitarias y generosas —sin darse quizá cuenta de que también le sonreían porque le darían ocasión de frecuentar los gimnasios y los campos de juego un poco más de lo que su familia desearía— Jean trepa, ágil, a la cuerda lisa, mientras repican a todo vuelo, desde lo alto de la torre gótica, las campanas de Pascua, las campanas de la Resurrección.
COUBERTIN, Pierre. Une vocation. Conte de Pâques. [A Vocation. An Easter Story.] In: Revue Olympique, 12e année, avril 1912, pp.56-58.
Al comparar el mensaje del cuento con los Juegos Olímpicos modernos, se observa que los ideales inmortalizados por Coubertin - la búsqueda incesante de la excelencia, el espíritu de unión y la democratización del deporte - siguen vivos en el escenario global. El cuento celebra el despertar de una pasión, subrayando la importancia de brindar acceso al deporte para todos, mientras que los Juegos Olímpicos modernos continúan firmes en la misión de unir culturas, promover la ética e incentivar la inclusión social. Así como Coubertin soñó con espacios públicos que fomentaran la práctica deportiva y el bienestar, las actuales competiciones olímpicas reflejan esa visión, no solo a través de grandes desempeños atléticos, sino también mediante iniciativas que integran comunidades e impulsan el desarrollo humano.
El Centro Latinoamericano de Estudios Coubertinianos desea a todos una feliz Pascua, llena de salud, paz y el calor de los logros que, juntos, nos inspiran a seguir transformando el mundo a través del deporte.