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Hay objetos que trascienden su propia materialidad. La bicicleta es uno de ellos. Antes de convertirse en símbolo de movilidad sostenible, en icono del urbanismo contemporáneo o en instrumento de competencia Olímpica, la bicicleta ya habitaba el pensamiento de Pierre de Coubertin — el aristócrata francés que, con la misma energía con que restableció los Juegos Olímpicos en 1896, se atrevió a pensar el deporte como una escuela de humanidad.

En marzo de 1909, Coubertin publicó en la Revue Olympique el ensayo Le cyclisme aux Jeux Olympiques, un texto que es, a la vez, diagnóstico crítico y manifesto filosófico. Su preocupación era precisa: el ciclismo que se disputaba en los velódromos de la época había perdido lo que, a su juicio, constituye la esencia de cualquier práctica deportiva auténtica. Los ciclistas, escribió, “se convierten en máquinas cuyo único propósito es hacer ganar o perder dinero a los apostadores”. Giraban sin fin en círculos, sin riesgo, sin pensamiento, sin individualidad. Un espectáculo que el Barón no dudó en calificar de “estúpido y feo”.

Pero Coubertin no condenaba la bicicleta — la defendía. Su crítica iba dirigida al uso que de ella se hacía, no al instrumento en sí. “¿Es culpa de la bicicleta, ese magnífico instrumento de locomoción deportiva, o de los hombres que de ella hacen un uso equivocado?”, preguntaba con una retórica que aún conserva su filo. La respuesta estaba implícita en la pregunta: la dignidad del deporte no reside en el objeto, sino en quien lo practica y en los valores que encarna.

EL CICLISMO QUE COUBERTIN SOÑABA

Para el fundador del Movimiento Olímpico, el ciclismo ideal no era el de los velódromos cerrados y las apuestas frenéticas, sino el de los caminos abiertos — ese ciclismo de “los primordios”, en el que el ciclista era un “explorador de los caminos”, que se enorgullecía de recorrer cualquier ruta sin dejarse intimidar por ningún obstáculo. Aquel ciclista primitivo no solo gastaba energía muscular: invertía también, según las propias palabras del Barón, “nobles cualidades de iniciativa, habilidad y reflexión”.

La frase es reveladora. Iniciativa, habilidad, reflexión: tres virtudes que no pertenecen al ámbito de la mecánica ni del entrenamiento físico, sino al de la formación integral del ser humano. Con ellas, Coubertin estaba trazando, sin saberlo, el perfil del ciclista filosófico — aquel que pedala no para ganar una carrera, sino para conocerse a sí mismo y al mundo que lo rodea.

En ese mismo ensayo, Coubertin aventuraba posibilidades creativas para el ciclismo Olímpico: los “percursos de caza” inspirados en las competencias ecuestres, el polo en bicicleta — “un juego muy bello y extremadamente emocionante”, escribió —, o cualquier forma que devolviera al ciclista su condición de sujeto activo, pensante, presente en cada pedalada. Su llamado era claro: “Es preciso intentar algo para que el ciclismo recupere su dignidad Olímpica”.

Más de un siglo después, ese llamado sigue resonando. Y quizás nunca fue respondido con más fidelidad que en las orillas del río Guaíba, en el sur del Brasil.

LA ONU CIERRA EL CÍRCULO

La visión de Coubertin tardó décadas en alcanzar reconocimiento institucional a escala global. Fue recién el 12 de abril de 2018 cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución A/RES/72/272, proclamando el 3 de junio como el Día Mundial de la Bicicleta. El documento reconoce la bicicleta como medio de transporte sostenible, limpio, accesible y ecológico, capaz de mejorar la salud y la gestión ambiental, y convoca a que los eventos ciclísticos sean organizados “en espíritu de paz, tolerancia e inclusión social”.

Pocas veces un organismo internacional ha expresado, en lenguaje burocrático, algo tan cercano al espíritu de un texto deportivo del siglo XIX. Los principios que la ONU consagró en 2018 — la creatividad, la autonomía, la integración con el entorno, el potencial unificador de la bicicleta — son, en esencia, los mismos que Coubertin defendía en las páginas de la Revue Olympique. El Barón no vivió para ver ese reconocimiento, pero su intuición lo anticipó con una claridad que no deja de asombrar.

Hoy, el Día Mundial de la Bicicleta funciona como un espejo en el que se reflejan, simultáneamente, el pensamiento coubertiníano y las urgencias del presente: la crisis climática, la necesidad de humanizar los espacios urbanos, el deseo colectivo de recuperar una relación más armoniosa entre el cuerpo, la ciudad y la naturaleza. La bicicleta, en ese contexto, no es un vehículo cualquiera — es una metáfora en movimiento.

PORTO ALEGRE: DONDE LA FILOSOFÍA PEDALA

Porto Alegre es la capital del estado de Rio Grande do Sul, en el extremo sur de Brasil, a orillas del Lago Guaíba — un vasto espejo de agua que, en los atardeceres, tiñe de naranja y violeta los cielos de la ciudad. Es allí, en esa geografía que combina modernidad urbana y naturaleza exuberante, donde el 30 de mayo de 2026 tomó vida el Pedalar Filosófico: un evento colectivo de ciclismo que reunió a cerca de 45 participantes en una pedalada de 12 kilómetros por la orla del Guaíba.

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La iniciativa fue promovida conjuntamente por la Escuela de Filosofía Nueva Acrópolis — a través de su programa Escuela del Deporte con el Corazón — y el Comité Brasileño Pierre de Coubertin (CBPC), con la participación de los cursos de Educación Física y Fisioterapia de la Pontificia Universidad Católica de Rio Grande do Sul (PUCRS). El encuentro comenzó a las 14h30 en el Anfiteatro Puesta del Sol y partió a las 15h, transformando la orilla del río en un espacio de convivencia, contemplación y diálogo.

El Pedalar Filosófico no fue diseñado como una competencia. Fue concebido, precisamente, como su antítesis. Los momentos de pausa durante el recorrido invitaban a los participantes a observar el paisaje, a conversar, a reflexionar sobre el significado del movimiento en la experiencia humana. En ese sentido, el evento encarnó con una fidelidad casi literaria el ideario que Coubertin plasmó en 1909: la bicicleta como instrumento de iniciativa, habilidad y reflexión — no de cronómetros ni de apuestas.

La presencia de estudiantes universitarios de Educación Física y Fisioterapia añadió una dimensión de extensión académica al encuentro, tendiendo puentes entre el saber universitario y las experiencias vividas en la ciudad. Es, también, un gesto Coubertiniano: para el Barón, el deporte nunca fue ajeno a la educación. Antes bien, la constituía.

En el horizonte, los organizadores sueñan con que el evento siga creciendo, convocando cada año a más ciudadanos de distintas edades en torno a una práctica sencilla, sostenible y profundamente humana. Porque pedalar, en última instancia, también puede ser una metáfora de la propia existencia: es el movimiento continuo el que sostiene el equilibrio y hace posible el avance.

Fuentes primarias: COUBERTIN, Pierre de. Le cyclisme aux Jeux Olympiques. Revue Olympique, 9e année, mars 1909, pp. 35-36.